De los fenicios a nuestros días

«El oro líquido del Mediterráneo» habría empezado a producirse hacia el 4000 a. C. de la mano de los fenicios. Los vestigios más antiguos se han encontrado en Fenicia (una zona que corresponde al norte del actual Estado de Israel, al Líbano y al noroeste de Siria), en Creta y en Egipto.
Estos viajeros, conquistadores y comerciantes difundieron el cultivo del olivo por las orillas más soleadas del Mare Nostrum. Después tomaron el relevo las civilizaciones griega y romana, que lo extendieron con más intensidad hacia el interior.
Con la caída del Imperio romano en el siglo V, el cultivo del olivo decayó considerablemente durante mil años. Se recuperó algo en la Edad Media, cuando la Iglesia católica empezó a generalizar el uso del aceite en sus ritos, sobre todo en las unciones. Conviene recordar que el nombre «Cristo» procede del griego Khristós, que significa «ungido».
En el siglo XVI, los conquistadores y misioneros españoles llevaron el olivo al Nuevo Mundo y lo plantaron en México, Argentina, California, Perú…, donde se sigue cultivando, aunque en cantidades todavía relativamente limitadas.
El gran regreso del aceite de oliva llegó en el siglo XIX, cuando su explotación empezó a extenderse considerablemente, en paralelo con la mecanización de la extracción del aceite. En el siglo XX el movimiento continuó, y Túnez, Marruecos, Turquía y Siria también desarrollaron este cultivo.
Hoy en día, la cuenca mediterránea sigue concentrando la mayor parte de la producción mundial y transmitiendo un modo de vida asociado a este preciado producto, que aún no ha revelado todos sus secretos.